La necesidad de liderazgos colectivos

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28-10-2008Debates

Los liderazgos colectivos implican reconocer que ningún país, por grande que sea, podrá asegurar en el futuro por sí sólo el necesario orden internacional.

Félix Peña: Director del Instituto de Comercio Internacional de la fundación Standard Bank y profesor de la Universidad Nacional de Tres de Febrero, en Argentina.

Tanto en el plano global como en el latinoamericano, el abordaje de algunos de los problemas más críticos que se presentan está requiriendo del ejercicio de un liderazgo colectivo eficaz. Es aquel que pueden ejercer países que tengan, cualquiera que sea su poder relativo, mayor vocación a enhebrar respuestas racionales conjuntas basadas en el diálogo y la moderación.

Existen al menos tres factores que explican una demanda que se está tornando cada vez más acuciante. El primero de ellos tiene que ver con la complejidad de algunas de las cuestiones dominantes en los planos político, económico y financiero, con suficiente envergadura como para afectar de manera significativa el orden y la estabilidad internacional. La regulación de los mercados financieros, la tendencia a nuevas formas de proteccionismo, la conclusión de las negociaciones comerciales multilaterales y los desafíos del cambio climático, son sólo algunos ejemplos más notorios de los crecientes problemas colectivos que demandan soluciones también colectivas.

El segundo factor resulta de la diseminación creciente del poder mundial entre múltiples actores, sean ellos países o una gama de diversos protagonistas no estatales. Cuán multipolar será el escenario internacional del futuro es algo que puede debatirse. Lo que ya está claro es que no será unipolar ni tampoco bipolar. Y ello puede acentuar la tensión histórica entre orden y anarquía en las relaciones internacionales.

Y el tercero es la insuficiencia, e incluso el colapso, de los marcos institucionales originados en un mundo que tiende a desaparecer rápidamente. Lo señaló recientemente el presidente de Francia, Nicolás Sarkozy, cuando dijo, refiriéndose al plano económico, que no se puede continuar gestionando el siglo XXI con las instituciones del siglo XX.

Los liderazgos colectivos implican reconocer que ningún país, por grande que sea, podrá en el futuro asegurar por sí sólo el necesario orden internacional. Reflejan la percepción de que problemas comunes a escala global o regional requieren del trabajo conjunto de dos o más países con suficiente relevancia y recursos de poder, como para tener un protagonismo decisivo en su abordaje y eventual solución.

En la segunda mitad del siglo pasado, en tanto, el Grupo de los Siete fue, en el plano económico y financiero mundial, un caso de ejercicio eficaz de liderazgo colectivo. También lo fue el de la integración del espacio geográfico europeo, como un producto deliberado del liderazgo estadounidense orientado -especialmente a través del Plan Marshall- a impulsar tras la Segunda Guerra Mundial el trabajo conjunto de las naciones más relevantes de esa región.

En América Latina pueden mencionarse dos ejemplos recientes de liderazgo colectivo orientado a resolver problemas que han afectado a toda la región. Uno fue el que se canalizó a través de la Cumbre del Grupo de Río en Santo Domingo. En tal oportunidad, un grupo de países relevantes contribuyó a desactivar un curso de colisión que presentaba rasgos alarmantes.

El otro caso fue el de la Cumbre de La Moneda, realizada en Santiago de Chile recientementre, cuando en el ámbito de la Unasur los países sudamericanos abordaron como grupo los problemas que últimamente han puesto en peligro la democracia e incluso la integridad territorial de Bolivia.

En estos dos casos se logró que el diálogo y la moderación contuvieran las peligrosas tendencias a la confrontación. ¿Cómo construir a partir de esas experiencias espacios institucionales que permitan potenciar liderazgos colectivos para encarar algunos problemas específicos que se planteen? Esa pregunta conforma hoy un fuerte desafío para la región.

No se necesitará para ello de organizaciones demasiado complejas. Cuanto más informales, quizás serán más eficaces. Lo que sí se requerirá es que se reconozca que ningún país de la región, ni siquiera los más grandes, podrá contribuir en forma individual a resolver problemas comunes que se generen en planos como la seguridad, la paz y estabilidad política democrática, la transformación productiva, la energía y el medio ambiente.

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